La ausencia, la
huella, el rastro, el recuerdo, la memoria… ¿Qué queda de nosotros?
Efectivamente, los vecinos van desapareciendo, otros ocupan su lugar, seguimos
repartiendo saludos corteses, incluso nos interesamos cortésmente por la salud,
los hijos, las vacaciones. Y la rueda se repite y seguimos repartiendo
cortesía. O los ignoramos. O los despreciamos. Ni siquiera un saludo, retiramos
la cortesía. Y, después, el olvido. ¿Qué habrá sido de..? ¡Qué pena que se haya
muerto…! ¿Os acordáis de…?
Y, por fin, nosotros mismos. Ahí sí que duele. ¿Qué será de
nosotros, de nuestro recuerdo, de nuestra memoria? ¿Cómo se llenará nuestra
ausencia? ¿Alguien sentirá nuestro vacío? ¿Será visible nuestro rastro, nuestra
huella? Podemos acudir a Quevedo, a Bécquer, a Cernuda. Buscar entre mitos antiguos o
modernos. O decidir, cinematográficamente, que nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.
Es frágil la memoria. Pero si la palabra la ayuda adquiere
fuerza. Contra la ausencia, la palabra. Seguiré existiendo mientras, alojada en
la amorosa memoria de algún ser humano, forme parte de sus conversaciones con
otros seres humanos. La palabra, que me hace persona, me transforma en eslabón de una fuerte cadena que puede resistir a la muerte.
No sé qué diría Saramago, no quiero ponerme densa. Y no me
digáis que es un triste consuelo. Mis Loukis particulares están presentes en
mis conversaciones con personas que me son queridas o, al menos, apreciadas. Es
mi manera de mantenerlas con vida. Contra el olvido, la palabra.
Glups, Seve, un poco deprimente, pero tienes toda la razón. No deja de atenazarme algo por dentro cada vez que nos deja alguien que parecía eterno.
ResponderEliminarHace más de veinte años que me aprendí este díptico latino anónimo:
"¿Quieres saber, caminante, si el poeta vive más allá de la muerte?
Lo que tú lees, yo digo.
Tu palabra es la mía"
No sé si el comentario saldrá duplicado, perdón.
Seve, he leído esta entrada unas cinco o seis veces y cada vez que la leo se me encoge el alma. En muchas ocasiones, es fácil olvidar porque recordar y hablar duele, y mucho. Os dejo un poema fantástico de Benedetti, que resume mi sentir.
ResponderEliminarCada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros
en mi región hay calvarios de ausencia
muñones de porvenir/arrabales de duelo
pero también candores de mosqueta
pianos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde sus huertos
nostalgias inmóviles en un pozo de otoño
sentimientos insoportablemente actuales
que se niegan a morir allá en lo oscuro
el olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda
en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede/ aunque quiera/ olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinaran por el olvido
como si fuese El Camino de Santiago
el día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite/
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrará los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido.