lunes, 1 de diciembre de 2014

Contra el olvido, la palabra.


La  ausencia, la huella, el rastro, el recuerdo, la memoria… ¿Qué queda de nosotros? Efectivamente, los vecinos van desapareciendo, otros ocupan su lugar, seguimos repartiendo saludos corteses, incluso nos interesamos cortésmente por la salud, los hijos, las vacaciones. Y la rueda se repite y seguimos repartiendo cortesía. O los ignoramos. O los despreciamos. Ni siquiera un saludo, retiramos la cortesía. Y, después, el olvido. ¿Qué habrá sido de..? ¡Qué pena que se haya muerto…! ¿Os acordáis de…?
Y, por fin, nosotros mismos. Ahí sí que duele. ¿Qué será de nosotros, de nuestro recuerdo, de nuestra memoria? ¿Cómo se llenará nuestra ausencia? ¿Alguien sentirá nuestro vacío? ¿Será visible nuestro rastro, nuestra huella? Podemos acudir a Quevedo, a Bécquer, a Cernuda. Buscar entre mitos antiguos o modernos. O decidir, cinematográficamente, que nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.
Es frágil la memoria. Pero si la palabra la ayuda adquiere fuerza. Contra la ausencia, la palabra. Seguiré existiendo mientras, alojada en la amorosa memoria  de algún ser humano, forme parte de sus conversaciones con otros seres humanos. La palabra, que me hace persona, me transforma en eslabón de una fuerte cadena que puede resistir a la muerte.

No sé qué diría Saramago, no quiero ponerme densa. Y no me digáis que es un triste consuelo. Mis Loukis particulares están presentes en mis conversaciones con personas que me son queridas o, al menos, apreciadas. Es mi manera de mantenerlas con vida. Contra el olvido, la palabra.

2 comentarios:

  1. Glups, Seve, un poco deprimente, pero tienes toda la razón. No deja de atenazarme algo por dentro cada vez que nos deja alguien que parecía eterno.
    Hace más de veinte años que me aprendí este díptico latino anónimo:
    "¿Quieres saber, caminante, si el poeta vive más allá de la muerte?
    Lo que tú lees, yo digo.
    Tu palabra es la mía"
    No sé si el comentario saldrá duplicado, perdón.

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  2. Seve, he leído esta entrada unas cinco o seis veces y cada vez que la leo se me encoge el alma. En muchas ocasiones, es fácil olvidar porque recordar y hablar duele, y mucho. Os dejo un poema fantástico de Benedetti, que resume mi sentir.

    Cada vez que nos dan clases de amnesia
    como si nunca hubieran existido
    los combustibles ojos del alma
    o los labios de la pena huérfana
    cada vez que nos dan clases de amnesia
    y nos conminan a borrar
    la ebriedad del sufrimiento
    me convenzo de que mi región
    no es la farándula de otros

    en mi región hay calvarios de ausencia
    muñones de porvenir/arrabales de duelo
    pero también candores de mosqueta
    pianos que arrancan lágrimas
    cadáveres que miran aún desde sus huertos
    nostalgias inmóviles en un pozo de otoño
    sentimientos insoportablemente actuales
    que se niegan a morir allá en lo oscuro

    el olvido está tan lleno de memoria
    que a veces no caben las remembranzas
    y hay que tirar rencores por la borda

    en el fondo el olvido es un gran simulacro
    nadie sabe ni puede/ aunque quiera/ olvidar
    un gran simulacro repleto de fantasmas
    esos romeros que peregrinaran por el olvido
    como si fuese El Camino de Santiago

    el día o la noche en que el olvido estalle
    salte en pedazos o crepite/
    los recuerdos atroces y los de maravilla
    quebrará los barrotes de fuego
    arrastrarán por fin la verdad por el mundo
    y esa verdad será que no hay olvido.





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