jueves, 11 de diciembre de 2014

Memoria

De burgemeester heeft ons iets misdaan,
Wij leerden, door zijn schuld, het leven haten.


¿Quién no conoce de memoria estos famosos versos, y en su lengua original? (Podéis usar el Traductor de la derecha ─de la página─.) Jan van Nijlen fue un poeta y ensayista belga del siglo XX en lengua flamenca. (Traduzco lo poco que viene en la Wikipedia francesa, porque a veces hablamos así de lo que conocemos y apreciamos y los demás ignoran: "Influido por Karel van de Woestijne, desarrolló enseguida un estilo más simple, tintado a veces de ironía. Su obra, muy apreciada en los Países Bajos fue coronada en 1963 con el premio Constantijn Huygens." Ay, esos adjetivos. Un recuerdo a Huygens hijo, por empezar a hablar de ondas.)

Pero vamos en sentido contrario. ¡Jugar a decir versos de memoria! (Ya lo hacían en el Japón del siglo X, María que ha leído el Genji lo sabe.) ¿Quién sabe ahora versos de memoria? ¿Y por qué en mi generación nos harían aprender 'Con 10 cañones por banda...'? Precisamente ese poema. Y sólo ese. Ahora la memoria (y el saber) está en el aparato. Estoy seguro que muchos alumnos disfrutarían si aprendieran algunos poemas de memoria. Lo comprobé todos estos años haciéndoles saber la Tabla Periódica de los Elementos (por cierto, una de las mayores maravillas de la Humanidad.)



Peor es que no reconozcamos de inmediato estos otros:
Como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados

Yo quería quedarme con el que sigue, porque creo que pocos poetas reúnen lo que Yeats:
I hear the Shadowy Horses, their long manes a-shake, 

Sus poemas pueden leerse sin demasiada dificultad, pero también entrando y entrando en ellos, su voz siempre parece que te habla o que es un amigo el que habla. Y su ritmo (en inglés) parece tan medido y seguro como una sonata intermedia de Beethoven. 

PIDE A SU AMOR QUE ESTÉ EN PAZ

Oigo los Caballos Sombríos, que agitan sus crines,
tumultuosos sus cascos, cabrilleantes sus ojos;
el norte se despliega sobre ellos, la noche que se arrastra,
el este ha ocultado la alegría antes que despunte el alba,
el oeste solloza bajo el pálido rocío y suspira al desaparecer,
el sur derrama rosas de fuego carmesí;
oh vanidad del Dormir, de la Esperanza, el Sueño y el constante Deseo,
los Caballos del Desastre se abalanzan en el barro:
amada, entrecierra los ojos, y que lata tu corazón
sobre el mío, y que tu pelo caiga sobre mi pecho
ahogando la hora solitaria del amor en un hondo crepúsculo de paz
y ocultando sus crines al viento y sus patas tumultuosas.

(Traducción de Antonio Rivero.)

No es raro, así, que sea querido por Modiano, sus temas son también el tiempo, la distancia, el amor y su falta, los mitos y la naturaleza, lugares míticos como Innisfree y Bizancio). En su discurso Nobel el único poema que cita es el famoso (precioso ─se lo regalé a una amiga por su cumpleaños 28─) Los cisnes salvajes de Coole:


Los árboles muestran su belleza otoñal,
los senderos del bosque se han secado,
bajo el atardecer de octubre el agua
refleja un cielo inmóvil;
sobre el agua vibrante, entre las piedras,
cincuenta y nueve cisnes.

Y diecinueve otoños han pasado
desde que los conté la primera vez;
antes de que pudiera hacerlo,
les vi de pronto alzar el vuelo
y dispersarse en grandes anillos rotos
sobre sus alas bulliciosas.

He contemplado a estos seres radiantes
y ahora me duele el corazón.
Todo ha cambiado desde que oyera, aquel ocaso,
por vez primera en esta orilla,
el golpe de sus alas sobre mi frente
y los pies me llevaran con paso más ligero.

Siempre incansables, amante con amante,
discurren por las frías
corrientes amistosas o ascienden por el aire;
sus corazones no han envejecido;
conquistas o pasión, por donde vayan,
no dejan de escoltarles.

Ahora surcan el agua inmóvil,
misteriosos y bellos;
¿en qué juncos harán su casa,
a la orilla de qué estanque o laguna
deleitarán los ojos de los hombres
cuando despierte un día y vea que han partido?

Si me perdonáis la extensión, terminaré como japonés del siglo X, replicando con uno de los últimos poemas de Eugénio de AndradeSobre los cisnes salvajes de Yeats:

Ahora anochece tan temprano -tengo
miedo de perderte en la oscuridad.
Me acuerdo de los cisnes salvajes
que del lago se erguían soberanos
iluminando las aguas y el cielo
del otoño al final de la tarde.
También ellos se pierden
ahora en la inclinación de la sombra.
¿Qué país será el mío? ¿Éste,
donde vivo y soy extranjero?
¿El de la luz atravesada
por los cisnes? Sin ti, ¿cómo saberlo?








1 comentario:

  1. Efectivamente, en la sociedad de la Historia de Genji (Genji monogatari) se aprendía a escribir copiando poemas y memorizándolos. El lenguaje, dúctil y sutil a partes iguales, era fundamental para todos los aspectos importantes de la vida: la guerra, la reflexión, la política y el amor. Aprovecho para deciros que su autora, Murasaki Shibuku, fue una mujer, dama de compañía de la emperatriz Akiko, destacada por sus dotes como narradora. Es una obra excepcional, comparada con El quijote, (“No es que sea mejor o más memorable o intensa que la obra de Cervantes, pero sí es más compleja”, observó Borges) que puede asustar por su extensión (¿para qué saber el número de páginas?) pero que no defrauda una vez comenzada.
    Ahora también leemos poesía y creamos imitando, querido Jesús. Empezamos con los romances, continuamos con los sonetos, las liras, estancias… del Siglo de Oro e imitamos a los poetas de la generación del 27, con Lorca a la cabeza. A veces incluso podemos llegar a la generación del 50…si la sintaxis nos lo permite (je je)
    Quizá, eso es cierto, nos centramos en exceso en nuestra propia lírica. Por eso, al leer los poemas que nos has presentado, me he acordado de otros que también tratan los mismos temas (el tiempo, el amor, la distancia…) ¡A ver qué os parecen!
    A mano amada (Ángel González)

    A mano amada,
    cuando la noche impone su costumbre de insomnio
    y convierte
    cada minuto en el aniversario
    de todos los sucesos de una vida;
    allí,
    en la esquina más negra del desamparo, donde
    el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,
    los recuerdos me asaltan.
    Unos empuñan tu mirada verde,
    otros
    apoyan en mi espalda
    el alma blanca de un lejano sueño,
    y con voz inaudible,
    con implacables labios silenciosos,
    ¡el olvido o la vida!,
    me reclaman.
    Reconozco los rostros.
    No hurto el cuerpo.
    Cierro los ojos para ver
    y siento
    que me apuñalan fría,
    justamente,
    con ese hierro viejo:
    la memoria.


    Olvidos (Lorenzo Oliván)
    Ya no recuerdo casi ni tu nombre,
    mujer que fuiste el centro de mi vida.
    Pero eso mismo me recuerda a veces
    que a mí también, que soy centro de todo,
    la vida acabará pronto por olvidarme.

    Donde habite el olvido, (Luis Cernuda)
    Donde habite el olvido,
    En los vastos jardines sin aurora;
    Donde yo solo sea
    Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
    Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
    Donde mi nombre deje
    Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
    Donde el deseo no exista.
    En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
    No esconda como acero
    En mi pecho su ala,
    Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
    Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
    Sometiendo a otra vida su vida,
    Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
    Donde penas y dichas no sean más que nombres,
    Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
    Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
    Disuelto en niebla, ausencia,
    Ausencia leve como carne de niño.
    Allá, allá lejos;
    Donde habite el olvido.

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