domingo, 8 de marzo de 2015

Estilo y trama

Lo dice él mismo, lo habréis notado enseguida, y ahí estará lo que interese su lectura o no, según acierte y consiga que no se desboque: «El estilo avanza con zancadas triunfantes mientras que la trama arrastra los pies». Unos ejemplos concretos:
[...] pero, de hecho, lo que más me recuerda mi reflejo, acabo de darme cuenta, es el autorretrato de Van Gogh, no ese famoso en el que lleva un vendaje, la pipa y el terrible sombrero, sino uno perteneciente a una serie anterior, pintado en París en 1887, en el que tiene la cabeza descubierta y lleva cuello duro, corbata azul Provenza y las dos orejas aún completas, y tiene aspecto de acabar de recibir algún tipo de golpe punitivo, la frente inclinada, las sienes cóncavas y las mejillas hundidas como de hambre; nos mira de soslayo desde el marco, con cautela, con iracunda premonición, esperando lo peor, como bien debería. 
Todavía no he descrito a Chloe. No había mucha diferencia entre nosotros, entre Chloe y yo, a esa edad, quiero decir en términos de lo que se podría haber medido de nosotros. Incluso su pelo, casi blanco pero que se oscurecía cuando estaba mojado hasta adquirir un color de trigo lustroso, apenas era más largo que el mío. Lo llevaba estilo paje, con un flequillo que le colgaba sobre su frente hermosa, alta y abombada, extrañamente convexa, parecida, se me ocurre de pronto, extraordinariamente parecida a la frente de esa figura espectral que se ve de perfil en el borde de Mesa delante de la ventana de Bonnard, el cuadro con el cuenco de frutas, el libro y la ventana, que parece un lienzo visto desde detrás y apoyado en un caballete; para mí todo es otra cosa, es algo de lo que cada vez me doy más cuenta.
En Desnudo en la bañera, con perro, comenzado en 1941, un año después de la muerte de Marthe, y no completado hasta 1946, se la ve echada, en colores rosa, malva y oro, una diosa del mundo flotante, estilizada, intemporal, tan muerta como viva, y junto a ella, sobre las baldosas, su perrillo marrón, su pariente, un perro salchicha, creo, enroscado y vigilante sobre su alfombrilla o lo que pueda ser ese cuadrado de escamas de sol que llega desde una ventana invisible. El angosto cuarto de baño que es su refugio vibra a su alrededor, palpitando en sus colores. Los pies de Marthe, el izquierdo tensado al extremo de su pierna imposiblemente larga, parecen haber deformado la bañera haciéndole asomar una protuberancia en la punta izquierda, y debajo de la bañera, en ese lado, en el mismo campo de fuerza, el suelo tampoco queda alineado, y parece a punto de derramarse a la izquierda, como si fuera no un suelo, sino una piscina en movimiento de agua moteada. Aquí todo se mueve, se mueve en la quietud, en un silencio acuoso. Uno oye caer una gota, una onda en el agua, un suspiro que queda flotando. En el agua hay un trozo rojo óxido, junto al hombro derecho de Marthe, que podría ser óxido, o sangre, incluso. Tiene la mano derecha sobre el muslo, inmóvil en el acto de la supinación, y me acuerdo de las manos de Anna sobre la mesa aquel día en que volvimos de ver al señor Todd, sus manos inertes con las palmas hacia arriba como si implorara algo de alguien delante de ella que no está.
Pobre Rosie. Soy incapaz de acordarme de su nombre sin adjuntarle ese epíteto. Tenía, qué, diecinueve años, veinte a lo sumo. Bastante alta, extraordinariamente delgada, estrecha de cintura y larga de caderas, un garbo sedoso y repeloso la recorría desde la altura de su frente pálida y aplastada hasta sus pies hermosos y bien proporcionados y ligeramente planos. Supongo que alguien que no deseara mostrarse amable —Chloe, por ejemplo—, podría haber descrito sus facciones como angulosas. La nariz, con su forma de lágrima, sus fosas faraónicas, era prominente en el puente, y sobre el hueso la piel se tensaba, translúcida. Esta nariz está desviada un pelín a la izquierda, de modo que cuando se la mira de frente se tiene la ilusión de verla al mismo tiempo de cara y de perfil, como en uno de esos complejos retratos de Picasso. Este defecto, lejos de hacerla parecer desproporcionada, tan sólo contribuía a que la expresión de su cara fuera más conmovedora. En reposo, cuando no se daba cuenta de que la espiaban —¡y menudo espía estaba yo hecho!—, mantenía la cabeza muy inclinada hacia abajo, los párpados caídos y la barbilla, con un suave hoyuelo, pegada al hombro. Entonces parecía una madonna de Duccio, melancólica, distante, olvidada de sí, perdida en el sombrío sueño de todo lo por venir, de todo lo que, para ella, no iba a venir.
Ahora la señorita Vavasour está tocando el piano. Schumann, Kinderszenen. Como para inspirarme.
Schumann (y Clara y Brahms), el compositor al que más queremos Carmelo y yo. Sus 13 Escenas de la Infancia son recuerdos que el adulto tiene de cuando fue niño. El más famoso es el nº7, Träumerei (Rêverie, Ensueño).

1 comentario:

  1. Jesús, ¿te puedo contratar como "iluminador de lectura"? Podemos llegar a un acuerdo con los honorarios. Piénsatelo.
    Lo peor de todo esto es que nos estás "malacostumbrando", primero con el París de Modiano y ahora con las referencias artísticas y musicales de Banville. Y cuando se lee con más luz, se percibe la ausencia de iluminación en otras lecturas. ¡Cachis!
    Muchas gracias y sigue así, por favor. A mí me sugiere mucho, como los subrayados del libro prestado por alguien a quien respetas.
    Por otra parte, me interesa mucho la cita con que has comenzado y la propongo como primera cuestión cuando comencemos a comentar la obra: "¿estilo versus trama?"

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