Anna es mi personaje. Cuando empecé a leer pensé que sería
la señora Grace, Chloe la de sugerente nombre, una especie de Mrs. Robinson,
¡ay, el cine!, quien me atraparía a través de la mirada de un niño de once años.
Y camino llevaba. Pero al llegar a la página 25, una Anna todavía desconocida
gritó entre sollozos, sin subir la voz:
-¡Por amor de Dios, no
montes el número! Me soltó-. Después de todo, soy yo la que se está muriendo.
Nada de lo que supe después de ella fue tanto como para
quitarle misterio ni tan poco como para oscurecerla del todo. Así que ahí me
quedo, con ganas de más. En cambio la
señora Grace no me atrae del todo.
Y sigo con mi crítica impresionista,
al estilo Vargas Llosa recordado por Jesús. La primera impresión fue buena, muy
buena:
Se marcharon, los
dioses, el día de la extraña marea. Buen comienzo, prometedor: ahí tenemos
al ser humano abandonado a su suerte. Alguien
acaba de caminar sobre mi tumba. Alguien. El milagro se produce y ya estás
atrapada sin remedio.
La lectura te lleva a ambientes, paisajes, sensaciones
descritos sin describir; aparecen ahí, delante de ti, sin adjetivos. Y, cuando
relees, porque es una lectura exigente, claro, te fijas en los adjetivos, que sí
estaban ahí, o en esos nombres tan precisos. Y percibes el esqueleto del edificio.
Pero la tiquismiquis que llevas dentro va fijándose en pequeños detalles que le
chirrían un poco y sale a la caza el traductor. Esa fúrcula o esa batisfera, el
vestido de estopilla o esos lupinos
(tarea de diccionario: son altramuces o acónitos o ¿qué?). Pedante el traductor.
Luego te reconcilias con él, cómo atreverte a criticar, si no sabes una palabra
de inglés. Será cosa de Banville. Hasta que llegas a “entre mí y la ventana” o
los abundantes laísmos. Y eso sí que no. La tiquismiquis por ahí no pasa.
¿O sí?
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