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jueves, 9 de abril de 2015

Esa muerte que irrumpe

Lo volví a hacer y no sé cómo. Escribí un comentario a la entrada de María comentada por Jesús, lo hice directamente y, al publicar, lo envié a las tinieblas exteriores, cuando menos. Ya enfadada conmigo misma, escribí dos líneas y repetí la acción, así que ahora habrá dos docenas de palabras abandonadas a su suerte, huérfanas y sin destinatarios que las esperen ¡pobrecillas mías!
Me interesaron sobre todo dos de las cosas que dijisteis. En primer lugar, Jesús, el efecto del libro sobre cada uno. Creo que la media docena de ilusos que compartimos estas lecturas compartimos también la idea de que, aun cuando leemos el mismo libro, no leemos el mismo libro. El libro nos habla al oído o nos grita a la cara, pero a cada uno de manera diferente. Eso es lo que nos permite hablar y hablar sobre libros y enriquecer nuestros puntos de vista o cuestionarlos.
La otra idea, María, tiene que ver con esa muerte traidora que irrumpe, no podías haber encontrado mejor palabra, en la vida de los personajes y de las personas. No me sorprende que te haya interesado en esta segunda lectura, porque, a medida que cumplimos años, la sentimos más cerca, invadiendo nuestro espacio. Burlona, impaciente a veces, con o sin dientes, con o sin guadaña, pero con la displicencia de quien sabe que ganará. Disfrazada de cáncer o de mar, pero ganará. Y, sin embargo, hay que nadar, siempre hay que nadar. Por espíritu romántico, por orgullo, por sentido del deber, porque al enemigo, ni agua, por espíritu de supervivencia, incluso por aquello de que mejor morir con honra que vivir con vilipendio. Nademos.
Y, en cuanto a otros temas, dos. Uno, el tratado de forma tan sensible por Jesús, El Nuevo, cuando empezamos la lectura: la vergüenza de los padres, la vergüenza de la propia familia. Pienso que forma parte del crecimiento, del desarrollo de las personas, que es una manera de autoafirmarse por parte del niño y del adolescente. Y que, cuando empezamos a vislumbrar la edad adulta, una de las primeras cosas que necesitamos hacer es reconciliarnos con el niño que fuimos, perdonarle determinadas tonterías y quererlo lo suficiente como para tener una buena salud mental.
El segundo tema es el del ser:
“lo que encontré en Anna desde el principio fue una manera de realizar la fantasía de mí mismo”
“Desde el principio quise ser otra persona. El mandato nosce te ipsum poseyó un regusto a ceniza en mi lengua desde la primera vez que un profesor me obligó a repetirlo después de él. Yo me conocía, demasiado bien, y no me gustaba lo que conocía. […] Siempre fui un nadie inconfundible cuya mayor ansia fue ser un alguien vulgar. Sé lo que quiero decir. Anna, lo comprendí en seguida, sería el medio para transmutarme. Era el espejo de parque de atracciones en el que todas mis deformidades se tornarían normalidad. “¿Por qué no eres tú mismo?”, me decía en nuestros primeros días juntos –eres, fijaos, no te conoces-, compadeciéndose de mis pobres intentos de comprender el gran mundo. ¡Sé tú mismo! Con lo que quería decir, claro, Sé alguien que te guste. Ése fue el pacto que hicimos, que nos aliviaríamos mutuamente la carga de ser quien todo el mundo nos decía que éramos".
Tengo el libro lleno de rayajos, pero hay dos párrafos, este y el siguiente, que me sorprendieron vivamente y que dejé bien señalados. Me gustaron porque, con sencillez, sin grandes aspavientos filosóficos, nos enfrenta a la gran pregunta que todos nos hacemos y que no conseguimos responder, al tiempo que nos muestra a Max, como cualquiera de nosotros, trasladando a otra persona la responsabilidad de la búsqueda de nosotros mismos.
No sé si son horas de meterse en estos jardines ¿no os parece?




lunes, 30 de marzo de 2015

De lupinos y vestidos de estopilla

Anna es mi personaje. Cuando empecé a leer pensé que sería la señora Grace, Chloe la de sugerente nombre, una especie de Mrs. Robinson, ¡ay, el cine!, quien me atraparía a través de la mirada de un niño de once años. Y camino llevaba. Pero al llegar a la página 25, una Anna todavía desconocida gritó entre sollozos, sin subir la voz:
-¡Por amor de Dios, no montes el número! Me soltó-. Después de todo, soy yo la que se está muriendo.
Nada de lo que supe después de ella fue tanto como para quitarle misterio ni tan poco como para oscurecerla del todo. Así que ahí me quedo, con ganas de más.  En cambio la señora Grace no me atrae del todo.
Y sigo con mi crítica impresionista, al estilo Vargas Llosa recordado por Jesús. La primera impresión fue buena, muy buena:
Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea. Buen comienzo, prometedor: ahí tenemos al ser humano abandonado a su suerte. Alguien acaba de caminar sobre mi tumba. Alguien. El milagro se produce y ya estás atrapada sin remedio.
La lectura te lleva a ambientes, paisajes, sensaciones descritos sin describir; aparecen ahí, delante de ti, sin adjetivos. Y, cuando relees, porque es una lectura exigente, claro, te fijas en los adjetivos, que sí estaban ahí, o en esos nombres tan precisos. Y percibes el esqueleto del edificio. Pero la tiquismiquis que llevas dentro va fijándose en pequeños detalles que le chirrían un poco y sale a la caza el traductor. Esa fúrcula o esa batisfera, el vestido de estopilla  o esos lupinos (tarea de diccionario: son altramuces o acónitos o ¿qué?). Pedante el traductor. Luego te reconcilias con él, cómo atreverte a criticar, si no sabes una palabra de inglés. Será cosa de Banville. Hasta que llegas a “entre mí y la ventana” o los abundantes laísmos. Y eso sí que no. La tiquismiquis por ahí no pasa.

¿O sí?