Lo volví a hacer y no sé cómo. Escribí un comentario a la
entrada de María comentada por Jesús, lo hice directamente y, al publicar, lo
envié a las tinieblas exteriores, cuando menos. Ya enfadada conmigo misma,
escribí dos líneas y repetí la acción, así que ahora habrá dos docenas de
palabras abandonadas a su suerte, huérfanas y sin destinatarios que las esperen
¡pobrecillas mías!
Me interesaron sobre todo dos de las cosas que dijisteis. En
primer lugar, Jesús, el efecto del libro sobre cada uno. Creo que la media
docena de ilusos que compartimos estas lecturas compartimos también la idea de
que, aun cuando leemos el mismo libro, no leemos el mismo libro. El libro nos
habla al oído o nos grita a la cara, pero a cada uno de manera diferente. Eso
es lo que nos permite hablar y hablar sobre libros y enriquecer nuestros puntos
de vista o cuestionarlos.
La otra idea, María, tiene que ver con esa muerte traidora
que irrumpe, no podías haber encontrado mejor palabra, en la vida de los
personajes y de las personas. No me sorprende que te haya interesado en esta segunda lectura,
porque, a medida que cumplimos años, la sentimos más cerca, invadiendo nuestro
espacio. Burlona, impaciente a veces, con o sin dientes, con o sin guadaña,
pero con la displicencia de quien sabe que ganará. Disfrazada de cáncer o de
mar, pero ganará. Y, sin embargo, hay que nadar, siempre hay que nadar. Por
espíritu romántico, por orgullo, por sentido del deber, porque al enemigo, ni
agua, por espíritu de supervivencia, incluso por aquello de que mejor morir con
honra que vivir con vilipendio. Nademos.
Y, en cuanto a otros temas, dos. Uno, el tratado de forma
tan sensible por Jesús, El Nuevo, cuando empezamos la lectura: la vergüenza de
los padres, la vergüenza de la propia familia. Pienso que forma parte del
crecimiento, del desarrollo de las personas, que es una manera de autoafirmarse
por parte del niño y del adolescente. Y que, cuando empezamos a vislumbrar la
edad adulta, una de las primeras cosas que necesitamos hacer es reconciliarnos
con el niño que fuimos, perdonarle determinadas tonterías y quererlo lo
suficiente como para tener una buena salud mental.
El segundo tema es el del ser:
“lo que encontré en Anna desde el principio fue una manera
de realizar la fantasía de mí mismo”
“Desde el principio quise ser otra persona. El mandato nosce te ipsum poseyó un regusto a
ceniza en mi lengua desde la primera vez que un profesor me obligó a repetirlo
después de él. Yo me conocía, demasiado bien, y no me gustaba lo que conocía. […]
Siempre fui un nadie inconfundible cuya mayor ansia fue ser un alguien vulgar.
Sé lo que quiero decir. Anna, lo comprendí en seguida, sería el medio para
transmutarme. Era el espejo de parque de atracciones en el que todas mis
deformidades se tornarían normalidad. “¿Por qué no eres tú mismo?”, me decía en
nuestros primeros días juntos –eres,
fijaos, no te conoces-,
compadeciéndose de mis pobres intentos de comprender el gran mundo. ¡Sé tú mismo! Con lo que quería decir,
claro, Sé alguien que te guste. Ése
fue el pacto que hicimos, que nos aliviaríamos mutuamente la carga de ser quien
todo el mundo nos decía que éramos".
Tengo el libro lleno de rayajos, pero hay dos párrafos, este
y el siguiente, que me sorprendieron vivamente y que dejé bien señalados. Me
gustaron porque, con sencillez, sin grandes aspavientos filosóficos, nos
enfrenta a la gran pregunta que todos nos hacemos y que no conseguimos
responder, al tiempo que nos muestra a Max, como cualquiera de nosotros, trasladando
a otra persona la responsabilidad de la búsqueda de nosotros mismos.
No sé si son horas de meterse en estos jardines ¿no os
parece?