viernes, 20 de marzo de 2015

"Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo"

«HAY, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto. De otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje. Y, finalmente, lo que la novela significa, no en relación a quienes la leen ni como objeto soberano, sino desde el punto de vista de las novelas que se escribieron antes o después.»
Creo que los tres apartados que Vargas Llosa señala (subrayados míos) son suficientes para la crítica aficionada a cualquier novela, y en ese orden de magnitud, pues cada una es más especializada y profesional (la última, de hecho, solo para pocas obras, pero quizá está bien tenerla ahí para saber a qué jugamos).
Un único narrador nos cuenta su historia en tres tiempos principales perfectamente encadenados. En todo momento es él, ¿Max? [—¿Por qué sigue llamándote Max? —me susurró cuando Anna se dirigió a la barra a buscarle un bollito—. No te llamas Max.   —Ahora sí —dije—. ] quien claramente se dirige a ¿nosotros? [Permitidme que... Dejad que os lo explique... Dejadme que intente desentrañarlo...] para compartir sus naufragios escogidos: las vivencias de sus 11 años en un verano en Ballyless y su descubrimiento de los otros (como bien comentó Jesús; y esa infancia y sus despertares me gustaría volver a investigarla); la muerte de su esposa Anna con destellos de su relación y sus fracasos (y con su madre, y con su hija Claire);  y su presente ─50 años después del verano y 1 año después de la muerte─ en esa pensión que fue residencia de los Grace y que ahora dirige la señorita Vavasour. [El pasado late en mi interior como un segundo corazón.]

Si es la trama lo que nos interesa, poca hay, y la horrible costumbre de desvelarla en la solapa trasera ─que creo que nunca debería leerse antes─ hace innecesaria repetirla aquí. 
Pero es el modo en que se nos va presentando, los matices que le permiten al autor encontrar un lado en sombra en que nunca nos fijaríamos: 
[...] en esos grabados eróticos japoneses [...] dedos de los pies extraordinariamente flexibles.
[...] estar a solas con Myles era como estar en una habitación de la que alguien acababa de salir violentamente.
   Experimenté una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma. 
   Las canciones eran muy importantes para ella, esos gemidos de anhelo y pérdida, el sonido mismo de lo que ella pensaba que era el amor.
   Bebo como alguien que acaba de enviudar, una persona de escaso talento y más escasa ambición, agrisada por los años, insegura y errante y que necesita consuelo y el efímero alivio del olvido que provoca el alcohol. 
   Era una de esas tardes de otoño de sonido lastimero, veteadas de los rayos del último sol del día, que parecen el recuerdo de lo que, en algún momento del remoto pasado, hubiera sido el resplandor de mediodía. Horas antes la lluvia había dejado en la carretera charcos que eran más pálidos que el cielo, como si el final del día muriera en ellos.
   Es como una niebla, este silencio tuyo.
Citaría otros 24 ejemplos más, pero ─para no abusar─ termino con 2 extensos:
Estuve a punto de contestarle mal, pero me contuve. Después de todo, tenía razón. Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotable, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de, sí, lo admito, un rincón acogedor. Comprenderlo se me hace sorprendente, por no decir escandaloso. Antes me veía como una especie de bucanero, enfrentándome a todo el que se me ponía a tiro con un alfanje entre los dientes, pero ahora me veo obligado a reconocer que me engañaba. Esconderme, protegerme, guarecerme, eso es todo lo que realmente he querido siempre, amadrigarme en un lugar de calor uterino y quedarme allí encogido, oculto de la indiferente mirada del sol y de la severa erosión del aire. Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro. Y no obstante, ¿cuál es la verdadera existencia del pasado? Después de todo, no es más que lo que fue el presente una vez el presente ya ha pasado, no más que eso. Pero vaya.
Si a aquel niño que soñaba junto a la radio le hubieran preguntado qué quería ser de mayor, habría contestado que aquello en que más o menos me convertí, aunque de una manera entrecortada, de eso estoy seguro. Me parece algo extraordinario, incluso teniendo en cuenta mis actuales congojas. ¿Acaso la mayoría de hombres no se sienten decepcionados con su destino, languideciendo en sus cadenas con callada desesperación?
         Me pregunto si los demás, de niños, tienen ese tipo de imagen, a la vez vaga y concreta, de lo que les gustaría ser de mayores. No hablo de esperanzas y aspiraciones, ni de vagas ambiciones, ese tipo de cosa. Desde el principio fui muy preciso y definido en mis expectativas. No quería ser maquinista de tren ni un explorador famoso. Cuando escudriñaba anhelante a través de las nieblas de lo sólidamente real de entonces a lo felizmente imaginado de ahora, así es, tal como he dicho, como habría predicho exactamente mi futuro yo: un hombre de pacientes aficiones y escasa ambición sentado en una habitación como ésta, en mi silla de capitán de barco, apoyado en mi mesita, justo en esta estación, el año encaminándose a su fin en un tiempo clemente, las hojas dibujando la luz, la luminosidad de los días apagándose de manera imperceptible y las farolas encendiéndose un poquito antes cada día. Sí, esto es lo que imaginaba que era la edad adulta, una especie de prolongado veranillo de San Martín, un estado de tranquilidad, de serena indiferencia, en la que no quedaba nada de la apenas soportable y brutal inmediatez de la infancia, donde todas las cosas que me habían desconcertado de pequeño quedaban resueltas, todos los misterios se aclaraban, todas las preguntas se respondían, y los momentos transcurrían gota a gota, casi sin darte cuenta, gotas doradas una tras otra, hacia el descanso eterno y definitivo, casi sin darte cuenta.
Naturalmente, había cosas que el chaval que yo era entonces no se habría permitido prever, en sus ansias de predicción, ni aunque hubiera sido capaz. La pérdida, el dolor, los días sombríos y las noches de insomnio, esas sorpresas tienden a no quedar registradas en la placa fotográfica de la imaginación profética.
Max ha vuelto para vivir entre los escombros del pasado, cuando su vida parece haber llegado a un cierto fin, una vida corriente y frustrada con un padre violento y que les abandona; una madre amargada sin tiempo para el cariño y que se ve obligada a trabajar donde puede y aceptar las habitaciones alquiladas que [...] nos vimos obligados a habitar, a lo largo de mi adolescencia; una hija de veinteyalgo, no estoy seguro [...] siempre me hace pensar, un tanto abochornado, en el dibujo de Alicia de Tenniel cuando ésta le da un mordisquito a la seta mágica. [...] La verdad es que sé tan poco de ella, de mi hija. [...] Qué desperdicio de talento. No pude perdonarla, y sigo sin poder. Lo intenté, pero no lo conseguí.

He vivido unas horas en los Cedros, he conocido mejor a unas personas que se parecen a mí, a mis vecinos, a mis amigos, he reflexionado y sigo sobre el niño descubriendo el mundo ─y recordado algo de mi vida entonces, no en Ballyless sino en Ris, no con Chloe y Myles sino con Nieves y Man─, sobre mi vida ahora (tampoco sé muy bien qué hacer con mi tiempo) que también comienza una nueva etapa aunque sin las desgracias de Max, porque la experiencia de Banville (por edad parecida cuando escribió El mar a la mía ahora) me hace reconocer tantas cosas.
Veo el barco negro en la distancia, acercándose a cada instante de manera imperceptible. Estoy allí. Oigo tus cantos de sirena. Estoy allí, casi allí.
<Te llevarás mi hermosa nave: toma dos velas, una blanca y una negra. Si traes a Isolda, iza al regreso la vela blanca, si no la traes, usa la negra.>
 
 Dulce y suave es su sonrisa, / sus ojos entreabiertos con ternura. /¿Le veis, amigos? / ¿No le veis? / ¡Cómo resplandece con luz creciente!

Tengo dos o tres críticas negativas que hacerle a la novela, para mi (dis)gusto, pero las dejaré para dentro de unos días.

{Soluciones a los pasatiempos: Hojas de roble, haya y sicomoro; Leica y Cartier-Bresson; la madre de Whistler; El enterramiento en urnas de Thomas Browne; Barba azul o Gilles de Rais; Muerte de amor de Isolda, de la cima de la ópera, de Wagner}
 


1 comentario:

  1. En gmail no quedan bien dispuestos textos e imágenes, y no aparece la música. Pasad a leerlo al blog: http://siguiendoelpunto.blogspot.com.es/
    ¡Feliz primavera!

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