Pensé
que nunca leería nada de Cincuenta sombras de Grey, pero Jesús ha roto
mi intención inicial. Cachis. Te lo perdono porque eres tú, que si no…
Me
ha gustado releer a Banville, mucho. Y también me ha gustado releer lo que la
María de hace ocho años escribió sobre la obra en el 2007. Este juego de espejos que no sólo ocurre en
la literatura, sino también en la vida. Desde hace unos cuantos años ya me
gusta escribir sobre el libro que acabo de leer. Unas veces me explayo,
entusiasmada, otras menciono personajes y lugares que no creo volver a visitar.
Había pensado escanearlo para no perder el punto poético del cuaderno rayado,
pero se ve bastante mal. Quizá os lo copie, ya veremos.
¿Qué
es lo que más me ha atraído de esta historia en la que apenas ocurre nada? La
mirada y la palabra. La mirada del protagonista que se autodefine como “diletante” en cualquiera de sus dos acepciones, creo yo,
incluso más en la peyorativa
“Siempre he poseído la convicción, inmune a todas las
consideraciones racionales, de que en algún momento futuro y sin especificar,
el permanente ensayo que es mi vida, con sus numerosas malinterpretaciones, sus
deslices y pifias, terminará y la obra propiamente dicha, para la que me he
estado preparando siempre y con tanto
ahínco, comenzará por fin”
“…que
yo no había sido más que un mirón, un comparsa, mientras que Ana era la que
interpretaba la muerte”
Su
mirada de hombre atormentado por la muerte de su esposa (“Y ahora todo había acabado, y para mí había
empezado otra cosa, que era el delicado asunto de haberla sobrevivido”)
nos conduce, en un salto constante de tiempos, del presente al pasado, de la
casa de Los Cedros a la visión de los muslos de la señora Grace pasando por la
habitación del hospital donde Ana ya hablaba en pasado.
“Experimenté
una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada
de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue
dando su propia forma. Algo muy preciado
se estaba disolviendo y se me escurría entre los dedos. No obstante, con qué
facilidad lo dejé ir al final. El pasado, me refiero al pasado real, importa menos de lo que pretendemos”
Es
esta mirada, desde mi punto de vista, quien establece cuál es la estructura de la obra. Los hechos no siguen un orden
cronológico, ni espacial ni temporal sino que se hacen presentes cuando el
protagonista observa y recuerda
“Extraordinaria
la claridad con la que, cuando me concentro, puedo vernos allí. La verdad es que uno podría volver a vivir
toda su existencia sólo con que pudiera esforzarse lo suficiente en recordar”
Su
mirada recorre lugares y personas acompañándose del olfato y del gusto. Y nos
introduce de tal manera en ese universo que acabamos sintiéndolo como nuestro,
recordando nuestra propia mirada en situaciones similares.
“Manzanas
sí, su aliento también tenía un olor a manzanas. Éramos como animalitos,
husmeándonos. Me gustó en particular, cuando con el tiempo tuve la oportunidad
de saborearlo, el fuerte gusto a queso de las grietas de sus codos y rodillas.
Me veo obligado a admitir de Chloe no
era un prodigio de higiene, y por lo general emitía un olor, más intenso, a
medida que avanzaba el día, a cachorro, como a rancio, el mismo que emiten, o
que solían emitir, las cajas metálicas de galletas vacías en las tiendas…”
Quizá
el momento que más me ha gustado de esa mirada han sido la descripción de la
sala de televisión tras una de tantas cenas frugales (“refacción” lo denomina
él), incluyendo el programa de televisión sobre los elefantes. La evolución de
su mirada desde la ternura hasta la rabia
y el desprecio termina con un grito angustiado contra Ana, desde la
soledad
“Puta,
maldita puta, cómo has podido dejarme así, revolcándome en mi propia
inmundicia, sin nadie que me salve de mí mismo. Cómo has podido”
Y soledad es lo que hoy sentimos todos
los amantes de la poesía. Ha muerto Tomas Tranströmer, premio Nobel de
literatura en 2011. Dos poemas, dos homenajes en silencio, como estuvo él desde
que sufriera una hemiplejia en 1990, lo que no le impidió seguir escribiendo y
tocando el piano. No los más famosos del poeta sueco, sino, otra vez el juego
de espejos, los que a la María del 2011 le llegaron al alma.
MEDITACIÓN
AGITADA
Una tormenta hace
girar las aspas del molino
que salvajemente,
en la oscuridad de la noche, muele la nada.
Las mismas leyes te mantienen despierto.
La panza del
tiburón gris es tu débil lámpara.
Recuerdos difusos
se hunden en la profundidad del mar
y allí se
petrifican junto a extrañas columnas. Verde
de algas está tu muleta. Quien
se va hacia la
mar regresa rígido.
POSTALES
NEGRAS
En mitad de la vida sucede que llega la muerte
a tomarle medidas a la persona. Esta visita
se olvida y la vida continúa. Pero el traje
va siendo cosido en silencio.