lunes, 30 de marzo de 2015

De lupinos y vestidos de estopilla

Anna es mi personaje. Cuando empecé a leer pensé que sería la señora Grace, Chloe la de sugerente nombre, una especie de Mrs. Robinson, ¡ay, el cine!, quien me atraparía a través de la mirada de un niño de once años. Y camino llevaba. Pero al llegar a la página 25, una Anna todavía desconocida gritó entre sollozos, sin subir la voz:
-¡Por amor de Dios, no montes el número! Me soltó-. Después de todo, soy yo la que se está muriendo.
Nada de lo que supe después de ella fue tanto como para quitarle misterio ni tan poco como para oscurecerla del todo. Así que ahí me quedo, con ganas de más.  En cambio la señora Grace no me atrae del todo.
Y sigo con mi crítica impresionista, al estilo Vargas Llosa recordado por Jesús. La primera impresión fue buena, muy buena:
Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea. Buen comienzo, prometedor: ahí tenemos al ser humano abandonado a su suerte. Alguien acaba de caminar sobre mi tumba. Alguien. El milagro se produce y ya estás atrapada sin remedio.
La lectura te lleva a ambientes, paisajes, sensaciones descritos sin describir; aparecen ahí, delante de ti, sin adjetivos. Y, cuando relees, porque es una lectura exigente, claro, te fijas en los adjetivos, que sí estaban ahí, o en esos nombres tan precisos. Y percibes el esqueleto del edificio. Pero la tiquismiquis que llevas dentro va fijándose en pequeños detalles que le chirrían un poco y sale a la caza el traductor. Esa fúrcula o esa batisfera, el vestido de estopilla  o esos lupinos (tarea de diccionario: son altramuces o acónitos o ¿qué?). Pedante el traductor. Luego te reconcilias con él, cómo atreverte a criticar, si no sabes una palabra de inglés. Será cosa de Banville. Hasta que llegas a “entre mí y la ventana” o los abundantes laísmos. Y eso sí que no. La tiquismiquis por ahí no pasa.

¿O sí?

sábado, 28 de marzo de 2015

De "Cincuenta sombras de Grey" a Thomas Tranströmer

                Pensé que nunca leería nada de Cincuenta sombras de Grey, pero Jesús ha roto mi intención inicial. Cachis. Te lo perdono porque eres tú, que si no…
            Me ha gustado releer a Banville, mucho. Y también me ha gustado releer lo que la María de hace ocho años escribió sobre la obra en el 2007.  Este juego de espejos que no sólo ocurre en la literatura, sino también en la vida. Desde hace unos cuantos años ya me gusta escribir sobre el libro que acabo de leer. Unas veces me explayo, entusiasmada, otras menciono personajes y lugares que no creo volver a visitar. Había pensado escanearlo para no perder el punto poético del cuaderno rayado, pero se ve bastante mal. Quizá os lo copie, ya veremos.
            ¿Qué es lo que más me ha atraído de esta historia en la que apenas ocurre nada? La mirada y la palabra. La mirada del protagonista que se autodefine  como “diletante”  en cualquiera de sus dos acepciones, creo yo, incluso más en la peyorativa
“Siempre  he poseído la convicción, inmune a todas las consideraciones racionales, de que en algún momento futuro y sin especificar, el permanente ensayo que es mi vida, con sus numerosas malinterpretaciones, sus deslices y pifias, terminará y la obra propiamente dicha, para la que me he estado preparando siempre  y con tanto ahínco, comenzará por fin”
“…que yo no había sido más que un mirón, un comparsa, mientras que Ana era la que interpretaba la muerte”
            Su mirada de hombre atormentado por la muerte de su esposa (“Y ahora todo había acabado, y para mí había empezado otra cosa, que era el delicado asunto de haberla sobrevivido”) nos conduce, en un salto constante de tiempos, del presente al pasado, de la casa de Los Cedros a la visión de los muslos de la señora Grace pasando por la habitación  del hospital donde Ana  ya hablaba en pasado.
“Experimenté una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma.  Algo muy preciado se estaba disolviendo y se me escurría entre los dedos. No obstante, con qué facilidad lo dejé ir al final. El pasado, me refiero al pasado real,  importa menos de lo que pretendemos”
            Es esta mirada, desde mi punto de vista, quien  establece cuál es la estructura  de la obra. Los hechos no siguen un orden cronológico, ni espacial ni temporal sino que se hacen presentes cuando el protagonista observa y recuerda
“Extraordinaria la claridad con la que, cuando me concentro, puedo vernos allí.  La verdad es que uno podría volver a vivir toda su existencia sólo con que pudiera esforzarse lo suficiente en recordar”
            Su mirada recorre lugares y personas acompañándose del olfato y del gusto. Y nos introduce de tal manera en ese universo que acabamos sintiéndolo como nuestro, recordando nuestra propia mirada en situaciones similares.
“Manzanas sí, su aliento también tenía un olor a manzanas. Éramos como animalitos, husmeándonos. Me gustó en particular, cuando con el tiempo tuve la oportunidad de saborearlo, el fuerte gusto a queso de las grietas de sus codos y rodillas. Me veo obligado a admitir de Chloe  no era un prodigio de higiene, y por lo general emitía un olor, más intenso, a medida que avanzaba el día, a cachorro, como a rancio, el mismo que emiten, o que solían emitir, las cajas metálicas de galletas vacías en las tiendas…”
            Quizá el momento que más me ha gustado de esa mirada han sido la descripción de la sala de televisión tras una de tantas cenas frugales (“refacción” lo denomina él), incluyendo el programa de televisión sobre los elefantes. La evolución de su mirada desde la ternura hasta la rabia  y el desprecio termina con un grito angustiado contra Ana, desde la soledad
“Puta, maldita puta, cómo has podido dejarme así, revolcándome en mi propia inmundicia, sin nadie que me salve de mí mismo. Cómo has podido”
Y soledad es lo que hoy sentimos todos los amantes de la poesía. Ha muerto Tomas Tranströmer, premio Nobel de literatura en 2011. Dos poemas, dos homenajes en silencio, como estuvo él desde que sufriera una hemiplejia en 1990, lo que no le impidió seguir escribiendo y tocando el piano. No los más famosos del poeta sueco, sino, otra vez el juego de espejos, los que a la María del 2011 le llegaron al alma.
MEDITACIÓN AGITADA

Una tormenta hace girar las aspas del molino
que salvajemente, en la oscuridad de la noche, muele la nada.
         Las mismas leyes te mantienen despierto.
La panza del tiburón gris es tu débil lámpara.

Recuerdos difusos se hunden en la profundidad del mar
y allí se petrifican junto a extrañas columnas. Verde
         de algas está tu muleta. Quien
se va hacia la mar regresa rígido.

POSTALES NEGRAS
En mitad de la vida sucede que llega la muerte
a tomarle medidas a la persona. Esta visita
se olvida y la vida continúa. Pero el traje
              va siendo cosido en silencio.

viernes, 27 de marzo de 2015

Más marea


$- Me miro en el espejo y frunzo el ceño, frustrada. Qué asco de pelo. No hay manera con él. Y maldita sea Katherine Kavanagh, que se ha puesto enferma y me ha metido en este lío. Tendría que estar estudiando para los exámenes finales, que son la semana que viene, pero aquí estoy, intentando hacer algo con mi pelo. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. Recito varias veces este mantra mientras intento una vez más controlarlo con el cepillo. Me desespero, pongo los ojos en blanco, después observo a la chica pálida, de pelo castaño y ojos azules exageradamente grandes que me mira, y me rindo. Mi única opción es recogerme este pelo rebelde en una coleta y confiar en estar medio presentable. :(
Creo que me he equivocado de cita. Pero esto se entiende muy bien, sin esfuerzo, y a millones de personas sin seso ─no digo que todas las que lo lean no lo tengan─ les hace pasar un rato entretenido (quizá, como lo entienden, les hace sentirse más inteligentes y no, como dije en otra entrada, la música clásica o la lectura literaria, que puede que les haga sentirse poco inteligentes, al aburrirse o no comprenderlas).

Banville me gusta porque me hace reflexionar sobre lo que leo, volver sobre ello para comprenderlo mejor, disfrutar de imágenes o comparaciones que nunca se me hubieran ocurrido, sentir que tengo algo de todos los personajes y que las situaciones por las que pasan y los pensamientos que se les ocurren pueden ser los míos o haberlo sido o hubieran debido serlo en situaciones parecidas u opuestas.

Si os decidís a escribir, ocupados amigos ("tantas manos para transformar el mundo y..."), podemos seguir matizando porqué nos gusta o menos. Pero yo tengo ganas de decir lo que no me ha gustado de esta novela. Eso sí, antes de nada, no puedo criticar exactamente The Sea de Banville sino El mar de Banville traducido por Damián Alou (lo leí en 2006 y ahora). Y es que si ya todos más que sabemos lo intraducible de la poesía, por la rima o el ritmo o los acentos, la métrica, la sintaxis, el vocabulario..., casi lo mismo sucede con novelas que, aunque cuentan una historia, lo intentan con un estilo propio (ahora no recuerdo quién se propuso escribir unos párrafos o relatos con el estilo de escritores famosos, tengo que buscarlo; no me refiero a lo de Queneau) que sea reconocible y asociado a ese solo escritor.


No me gusta (y es completamente personal esta opinión, no he leído ninguna crítica para no sentir luego que no tenía nada que añadir) algún exceso artificioso de palabras o comparaciones que, si lo habitual es que sean acertadas y originales, alguna vez me parecen rebuscadas y artificiales. Pero ¿cómo traducir un estilo de un idioma a otro? Creo que el traductor es bastante bueno, pero quizá a veces no se ha detenido tanto como debía.

También, quizá en exceso de celo, el traductor rebusca más de lo necesario:
La señorita... conoce las preguntas que quiero formularle...
¿No sería mejor: "...sabe qué preguntas quiero hacerle..."?
El original dice: She knows the questions I want to ask. (Bastante simple.)


[...] bajo el débil resplandor de una bombilla de 60 vatios [...
]
[...] algo de nosotros permanecerá, [...] unos cuantos átomos en el aire de la habitación donde exhalamos nuestro último aliento [...]
]...] —Como dos imanes —dijo—, pero puestos al revés, atrayéndose y repeliéndose. [...]
[...] y estaba a punto de abandonar la búsqueda cuando el reflejo de la luna o de alguna estrella cayó sobre mi silueta, [...]

(Una bombilla de 60 W no es la que Banville se imagina para esas habitaciones alquiladas en que vivía de niño, sería si quiere acertar de 25, máximo 40.)
(Casi todos nuestros átomos permanecen inalterados al morir, sirviendo de abono para convertirse en flores, árboles o mariposas, humo o cenizas; los menos nuestros son los que exhalamos.)
(No sé cómo se ponen dos imanes "al revés", se atraen y se repelen siempre, a la vez, pero produciendo un resultado neto que será uno u otro.)
(Una estrella no refleja luz, la produce, y ─por desgracia poética─ no nos ilumina.)

Y no me gusta que en la trama haya ─en mi opinión─ un innecesario suspense, porque ¿qué necesidad hay de ocultarnos deliberadamente (se dirige a nosotros) la identidad de la señorita Vavasour, a veces llamada señorita V.? ¿Unos niños escribirían "RV ama a CG"? Yo creo que aquí ni Banville ni el traductor aciertan; los niños escribirían un corazón con una flecha (no "ama") y RC, o si fueran más crueles o atrevidos Rosie  Carlo (no RV y CG, obligado para darnos una pista de que Vavasour es Rosie, lo que además estaba claro).  Y escribir 50 veces (49) "señorita Vavasour" es pesado y distrae. Además esto obliga en español al tratamiento de usted, lo que hace más engañosa la ficción (se han conocido de niños), porque en inglés no hay diferencia en los pronombres (you) ni en los tiempos verbales, con lo que se hace menos artificioso.

[...] —Oh, sí —dijo sin inflexión—, sí, claro que le recuerdo.
"Oh, yes," she said without inflexion, "yes, of course, I remember you." 
[...]—¿Nunca se casó? —le pregunté.
"And you never married?" I said. 
[...] Vivienne ─dijo─ era mi amiga. Es decir, Bollo. 
"Vivienne," she said, "was my friend. Bun, that is." 
No me pega el usted y el Bollo. ¿Por qué "Bollo" (ahí esa familiaridad con la señorita V.) y no Vivienne o, mejor ahí, su apellido?

Me parecen incongruentes estos dos párrafos, porque además el narrador estuvo allí:
Me gustaría preguntarle si se culpa de la muerte de Chloe —creo, debería decir, sin tener prueba de ello, que fue Chloe la primera que se metió en el mar, con Myles detrás, para intentar salvarla—, y si está convencida de que el hecho de que se ahogaran juntos fue tan sólo un accidente u otra cosa. Probablemente me lo diría si se lo preguntara. No la veo reacia.[...]
[...] los dos allí abrazados, dándole la espalda al mundo. Entonces, lentamente, se pusieron en pie y se adentraron en el mar, el agua plana como el aceite apenas abriéndose en torno a ellos, y se inclinaron hacia delante a la vez y se alejaron nadando lentamente, las cabecitas moviéndose sobre aquella marea blanquecina, lejos, cada vez más lejos.


  Debussy. La mer.

Pero prefiero seguir admirando lo bueno (que es mucho más que lo que no me gusta):
La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba tan sólo de acumular, de coleccionar cosas —nuevas experiencias, nuevas emociones— y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo. Y la incredulidad, eso también era parte importante de ser feliz, me refiero a esa eufórica incapacidad de creerte del todo tu buena suerte. Ahí estaba yo de repente, con una chica en mis brazos, al menos figuradamente, haciendo lo que hacían los adultos, dándole la mano, besándola en la oscuridad, y cuando la película hubo acabado separándome de ella, aclarándome la garganta con grave cortesía, dejándola pasar primero bajo la pesada cortina que hacía de puerta para salir al sol impregnado de lluvia de la tarde de verano. Yo era yo y al mismo tiempo otro, alguien completamente distinto, alguien completamente nuevo. Mientras caminaba detrás de ella en medio del gentío en dirección al Café Playa, me llevé la punta del dedo a los labios, los labios que habían besado los suyos, como esperando encontrarlos cambiados de una manera infinitamente sutil pero trascendente. Esperaba que todo cambiara, como el propio día, que había sido sombrío y lluvioso y sobre el que habíamos visto nubes panzudas mientras nos encaminábamos a la sala de cine en lo que había sido la tarde y ahora era un ocaso de sol rojizo y sombras inclinadas, plantas de cola caballo goteando gemas y un velero rojo en la bahía virando y poniendo rumbo hacia las lejanías de un azul ya crepuscular del horizonte.   El café. En el café. En el café nosotros.
Y de hecho no había pasado nada, una memorable nada, tan sólo otro de esos grandes encogimientos de hombros con que el mundo manifiesta su indiferencia.
Una enfermera vino a buscarme. Me di la vuelta y la seguí hacia el interior del hospital, y fue como si me adentrara en el mar.

viernes, 20 de marzo de 2015

"Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo"

«HAY, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto. De otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje. Y, finalmente, lo que la novela significa, no en relación a quienes la leen ni como objeto soberano, sino desde el punto de vista de las novelas que se escribieron antes o después.»
Creo que los tres apartados que Vargas Llosa señala (subrayados míos) son suficientes para la crítica aficionada a cualquier novela, y en ese orden de magnitud, pues cada una es más especializada y profesional (la última, de hecho, solo para pocas obras, pero quizá está bien tenerla ahí para saber a qué jugamos).
Un único narrador nos cuenta su historia en tres tiempos principales perfectamente encadenados. En todo momento es él, ¿Max? [—¿Por qué sigue llamándote Max? —me susurró cuando Anna se dirigió a la barra a buscarle un bollito—. No te llamas Max.   —Ahora sí —dije—. ] quien claramente se dirige a ¿nosotros? [Permitidme que... Dejad que os lo explique... Dejadme que intente desentrañarlo...] para compartir sus naufragios escogidos: las vivencias de sus 11 años en un verano en Ballyless y su descubrimiento de los otros (como bien comentó Jesús; y esa infancia y sus despertares me gustaría volver a investigarla); la muerte de su esposa Anna con destellos de su relación y sus fracasos (y con su madre, y con su hija Claire);  y su presente ─50 años después del verano y 1 año después de la muerte─ en esa pensión que fue residencia de los Grace y que ahora dirige la señorita Vavasour. [El pasado late en mi interior como un segundo corazón.]

Si es la trama lo que nos interesa, poca hay, y la horrible costumbre de desvelarla en la solapa trasera ─que creo que nunca debería leerse antes─ hace innecesaria repetirla aquí. 
Pero es el modo en que se nos va presentando, los matices que le permiten al autor encontrar un lado en sombra en que nunca nos fijaríamos: 
[...] en esos grabados eróticos japoneses [...] dedos de los pies extraordinariamente flexibles.
[...] estar a solas con Myles era como estar en una habitación de la que alguien acababa de salir violentamente.
   Experimenté una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma. 
   Las canciones eran muy importantes para ella, esos gemidos de anhelo y pérdida, el sonido mismo de lo que ella pensaba que era el amor.
   Bebo como alguien que acaba de enviudar, una persona de escaso talento y más escasa ambición, agrisada por los años, insegura y errante y que necesita consuelo y el efímero alivio del olvido que provoca el alcohol. 
   Era una de esas tardes de otoño de sonido lastimero, veteadas de los rayos del último sol del día, que parecen el recuerdo de lo que, en algún momento del remoto pasado, hubiera sido el resplandor de mediodía. Horas antes la lluvia había dejado en la carretera charcos que eran más pálidos que el cielo, como si el final del día muriera en ellos.
   Es como una niebla, este silencio tuyo.
Citaría otros 24 ejemplos más, pero ─para no abusar─ termino con 2 extensos:
Estuve a punto de contestarle mal, pero me contuve. Después de todo, tenía razón. Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotable, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de, sí, lo admito, un rincón acogedor. Comprenderlo se me hace sorprendente, por no decir escandaloso. Antes me veía como una especie de bucanero, enfrentándome a todo el que se me ponía a tiro con un alfanje entre los dientes, pero ahora me veo obligado a reconocer que me engañaba. Esconderme, protegerme, guarecerme, eso es todo lo que realmente he querido siempre, amadrigarme en un lugar de calor uterino y quedarme allí encogido, oculto de la indiferente mirada del sol y de la severa erosión del aire. Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro. Y no obstante, ¿cuál es la verdadera existencia del pasado? Después de todo, no es más que lo que fue el presente una vez el presente ya ha pasado, no más que eso. Pero vaya.
Si a aquel niño que soñaba junto a la radio le hubieran preguntado qué quería ser de mayor, habría contestado que aquello en que más o menos me convertí, aunque de una manera entrecortada, de eso estoy seguro. Me parece algo extraordinario, incluso teniendo en cuenta mis actuales congojas. ¿Acaso la mayoría de hombres no se sienten decepcionados con su destino, languideciendo en sus cadenas con callada desesperación?
         Me pregunto si los demás, de niños, tienen ese tipo de imagen, a la vez vaga y concreta, de lo que les gustaría ser de mayores. No hablo de esperanzas y aspiraciones, ni de vagas ambiciones, ese tipo de cosa. Desde el principio fui muy preciso y definido en mis expectativas. No quería ser maquinista de tren ni un explorador famoso. Cuando escudriñaba anhelante a través de las nieblas de lo sólidamente real de entonces a lo felizmente imaginado de ahora, así es, tal como he dicho, como habría predicho exactamente mi futuro yo: un hombre de pacientes aficiones y escasa ambición sentado en una habitación como ésta, en mi silla de capitán de barco, apoyado en mi mesita, justo en esta estación, el año encaminándose a su fin en un tiempo clemente, las hojas dibujando la luz, la luminosidad de los días apagándose de manera imperceptible y las farolas encendiéndose un poquito antes cada día. Sí, esto es lo que imaginaba que era la edad adulta, una especie de prolongado veranillo de San Martín, un estado de tranquilidad, de serena indiferencia, en la que no quedaba nada de la apenas soportable y brutal inmediatez de la infancia, donde todas las cosas que me habían desconcertado de pequeño quedaban resueltas, todos los misterios se aclaraban, todas las preguntas se respondían, y los momentos transcurrían gota a gota, casi sin darte cuenta, gotas doradas una tras otra, hacia el descanso eterno y definitivo, casi sin darte cuenta.
Naturalmente, había cosas que el chaval que yo era entonces no se habría permitido prever, en sus ansias de predicción, ni aunque hubiera sido capaz. La pérdida, el dolor, los días sombríos y las noches de insomnio, esas sorpresas tienden a no quedar registradas en la placa fotográfica de la imaginación profética.
Max ha vuelto para vivir entre los escombros del pasado, cuando su vida parece haber llegado a un cierto fin, una vida corriente y frustrada con un padre violento y que les abandona; una madre amargada sin tiempo para el cariño y que se ve obligada a trabajar donde puede y aceptar las habitaciones alquiladas que [...] nos vimos obligados a habitar, a lo largo de mi adolescencia; una hija de veinteyalgo, no estoy seguro [...] siempre me hace pensar, un tanto abochornado, en el dibujo de Alicia de Tenniel cuando ésta le da un mordisquito a la seta mágica. [...] La verdad es que sé tan poco de ella, de mi hija. [...] Qué desperdicio de talento. No pude perdonarla, y sigo sin poder. Lo intenté, pero no lo conseguí.

He vivido unas horas en los Cedros, he conocido mejor a unas personas que se parecen a mí, a mis vecinos, a mis amigos, he reflexionado y sigo sobre el niño descubriendo el mundo ─y recordado algo de mi vida entonces, no en Ballyless sino en Ris, no con Chloe y Myles sino con Nieves y Man─, sobre mi vida ahora (tampoco sé muy bien qué hacer con mi tiempo) que también comienza una nueva etapa aunque sin las desgracias de Max, porque la experiencia de Banville (por edad parecida cuando escribió El mar a la mía ahora) me hace reconocer tantas cosas.
Veo el barco negro en la distancia, acercándose a cada instante de manera imperceptible. Estoy allí. Oigo tus cantos de sirena. Estoy allí, casi allí.
<Te llevarás mi hermosa nave: toma dos velas, una blanca y una negra. Si traes a Isolda, iza al regreso la vela blanca, si no la traes, usa la negra.>
 
 Dulce y suave es su sonrisa, / sus ojos entreabiertos con ternura. /¿Le veis, amigos? / ¿No le veis? / ¡Cómo resplandece con luz creciente!

Tengo dos o tres críticas negativas que hacerle a la novela, para mi (dis)gusto, pero las dejaré para dentro de unos días.

{Soluciones a los pasatiempos: Hojas de roble, haya y sicomoro; Leica y Cartier-Bresson; la madre de Whistler; El enterramiento en urnas de Thomas Browne; Barba azul o Gilles de Rais; Muerte de amor de Isolda, de la cima de la ópera, de Wagner}
 


jueves, 19 de marzo de 2015

Sentirse más inteligente

Hace ya muchos años me lo descubrió mi hija Elisa: "Es que cuando escucho música clásica me siento más inteligente". Y es una realidad deslumbrante, para mí. 

Creo que todos nos comportamos de modo tan rutinario, seguimos tantos raíles, porque hay que buscar y luego hacer un trabajo que nos dé de comer, y repetir actividades necesarias pero poco apasionantes en general ─aunque voy descubriendo que la felicidad, ese concepto tan manoseado pero que resume para todos el logro de vivir, hay que encontrarla en la repetición de lo menos valorado, ducharse, conducir al trabajo, de noche si es de noche, lloviendo cuando llueve, haciendo la compra, la comida y lavando los platos,...─ que cuando algo nos hace sentirnos más inteligentes nos ofrece una recompensa, nos alegra, y no suele reconocerse tanto como la alegría que proporciona el cariño que nos dan y el que damos. (Y más nosotros, en este trabajo que fue y podría ser en sí tan feliz.)

Y entre estas actividades que te hacen sentirte más inteligente está la lectura literaria. Ya comenté hace mucho en una entrada que los anglosajones hace tiempo que diferencian esta lectura de la otra, la de sólo entretenimiento, tan respetable como respetable es el chillout, pero no es Monteverdi.

Lasciatemi morire, / lasciatemi morire, / e che volete voi, che mi conforte / in così dura sorte, / in così gran martire? / Lasciatemi morire.
Que así Ariadna se sentía cuando fue abandonada por Teseo en la isla de Naxos.
En ese momento Rose caminaba arriba y abajo por la orilla, tres pasos hacia un lado, parada, giro, tres pasos al otro lado, parada, giro, como la pobre demente Ariadna a la orilla de Naxos, todavía apretando contra el pecho la toalla, el libro y el gorro de baño.
Pero la lectura literaria es más exigente que la de simple "evasión", claro, no vamos a pedir que nos creamos más inteligentes por ver Sálvame o Adán y Eva (y repito, no tengo nada contra el entretenimiento que procuran, sólo estoy diferenciando, ni siquiera voy a decir que son mejores o peores o esas simples clasificaciones).

Banville es prototipo de esa lectura exigente, que necesita dos o tres veces para seguirle bien, y detenerse en algún párrafo para reconocer la forma en que describe un sentimiento, un estado, una relación, un hecho con una mirada distinta y nueva. Por ejemplo, en la entrada anterior, si os fijáis en cada cuadro y cómo lo describe, asociado además a un personaje. Me faltaba la madre:
La señora Grace, Constance, Connie, sigue sonriéndome con su estilo desenfocado, que, ahora que lo pienso, es como miraba a todas partes, como si no estuviera del todo convencida de la solidez del mundo y medio esperara que, de un momento a otro, de una manera descabellada e hilarante, éste fuera a convertirse en algo completamente diferente. Entonces habría dicho que era hermosa, de haber tenido a alguien a quien se me ocurriera decirle algo así, pero supongo que lo cierto es que no lo era. Era bastante recia, y tenía las manos gruesas y rojizas, le asomaba un bulto en la punta de la nariz, y los dos lacios mechones de pelo rubio que sus dedos no dejaban de colocar detrás de las orejas y que seguían cayendo una y otra vez eran más oscuros que el resto del pelo, y tenían un matiz levemente grasiento de roble barnizado. Caminaba lánguidamente, con los hombros caídos, y los músculos de sus ancas temblaban bajo la leve tela de sus vestidos de verano. Olía a sudor y a crema fría, y un poco a grasa de cocinar. Tan sólo otra mujer, en otras palabras, y otra madre, encima. No obstante, y a pesar de su vulgaridad, para mí era tan distante y tan distantemente deseable como cualquier dama pálida pintada en compañía de un libro y un unicornio. Pero no, debería ser justo conmigo mismo por niño que fuera, por incipiente romántico que pudiera haber sido. Ni siquiera para mí era pálida, ni estaba hecha de pintura. Era completamente real, de carne espesa, comestible, casi. Eso era lo más extraordinario de todo, que enseguida fue un espectro de mi imaginación y una mujer de ineludible carne y hueso, de fibra, almizcle y leche. Mis sueños de rescate y escarceos amorosos, hasta entonces rayanos en lo decoroso, se habían vuelto ahora desbocadas fantasías, vívidas y al mismo tiempo irremediablemente carentes de detalles esenciales, de ser voluptuosamente dominado por ella, de hundirme en el suelo bajo su peso cálido, de ser arrollado, de ser montado, entre sus muslos, los brazos apretados contra mi pecho y la cara encendida, a la vez su demonio amante y su hijo.
[A mi único deseo] No os perdáis estos tapices cuando estéis en París.

La primavera comenzará mañana, viernes 20 de marzo, a las 23h 45min. Durará 92 días y 18 horas, y terminará el 21 de junio con el comienzo del verano. Venus y Júpiter serán visibles tras la puesta de Sol durante toda la primavera, Venus por el Oeste y Júpiter al Sureste. (Distinguirlos es muy fácil, son los dos puntos más brillantes del cielo, pero ojo, Venus se va siguiendo al Sol y deja de verse sobre las 22h.)


domingo, 8 de marzo de 2015

Estilo y trama

Lo dice él mismo, lo habréis notado enseguida, y ahí estará lo que interese su lectura o no, según acierte y consiga que no se desboque: «El estilo avanza con zancadas triunfantes mientras que la trama arrastra los pies». Unos ejemplos concretos:
[...] pero, de hecho, lo que más me recuerda mi reflejo, acabo de darme cuenta, es el autorretrato de Van Gogh, no ese famoso en el que lleva un vendaje, la pipa y el terrible sombrero, sino uno perteneciente a una serie anterior, pintado en París en 1887, en el que tiene la cabeza descubierta y lleva cuello duro, corbata azul Provenza y las dos orejas aún completas, y tiene aspecto de acabar de recibir algún tipo de golpe punitivo, la frente inclinada, las sienes cóncavas y las mejillas hundidas como de hambre; nos mira de soslayo desde el marco, con cautela, con iracunda premonición, esperando lo peor, como bien debería. 
Todavía no he descrito a Chloe. No había mucha diferencia entre nosotros, entre Chloe y yo, a esa edad, quiero decir en términos de lo que se podría haber medido de nosotros. Incluso su pelo, casi blanco pero que se oscurecía cuando estaba mojado hasta adquirir un color de trigo lustroso, apenas era más largo que el mío. Lo llevaba estilo paje, con un flequillo que le colgaba sobre su frente hermosa, alta y abombada, extrañamente convexa, parecida, se me ocurre de pronto, extraordinariamente parecida a la frente de esa figura espectral que se ve de perfil en el borde de Mesa delante de la ventana de Bonnard, el cuadro con el cuenco de frutas, el libro y la ventana, que parece un lienzo visto desde detrás y apoyado en un caballete; para mí todo es otra cosa, es algo de lo que cada vez me doy más cuenta.
En Desnudo en la bañera, con perro, comenzado en 1941, un año después de la muerte de Marthe, y no completado hasta 1946, se la ve echada, en colores rosa, malva y oro, una diosa del mundo flotante, estilizada, intemporal, tan muerta como viva, y junto a ella, sobre las baldosas, su perrillo marrón, su pariente, un perro salchicha, creo, enroscado y vigilante sobre su alfombrilla o lo que pueda ser ese cuadrado de escamas de sol que llega desde una ventana invisible. El angosto cuarto de baño que es su refugio vibra a su alrededor, palpitando en sus colores. Los pies de Marthe, el izquierdo tensado al extremo de su pierna imposiblemente larga, parecen haber deformado la bañera haciéndole asomar una protuberancia en la punta izquierda, y debajo de la bañera, en ese lado, en el mismo campo de fuerza, el suelo tampoco queda alineado, y parece a punto de derramarse a la izquierda, como si fuera no un suelo, sino una piscina en movimiento de agua moteada. Aquí todo se mueve, se mueve en la quietud, en un silencio acuoso. Uno oye caer una gota, una onda en el agua, un suspiro que queda flotando. En el agua hay un trozo rojo óxido, junto al hombro derecho de Marthe, que podría ser óxido, o sangre, incluso. Tiene la mano derecha sobre el muslo, inmóvil en el acto de la supinación, y me acuerdo de las manos de Anna sobre la mesa aquel día en que volvimos de ver al señor Todd, sus manos inertes con las palmas hacia arriba como si implorara algo de alguien delante de ella que no está.
Pobre Rosie. Soy incapaz de acordarme de su nombre sin adjuntarle ese epíteto. Tenía, qué, diecinueve años, veinte a lo sumo. Bastante alta, extraordinariamente delgada, estrecha de cintura y larga de caderas, un garbo sedoso y repeloso la recorría desde la altura de su frente pálida y aplastada hasta sus pies hermosos y bien proporcionados y ligeramente planos. Supongo que alguien que no deseara mostrarse amable —Chloe, por ejemplo—, podría haber descrito sus facciones como angulosas. La nariz, con su forma de lágrima, sus fosas faraónicas, era prominente en el puente, y sobre el hueso la piel se tensaba, translúcida. Esta nariz está desviada un pelín a la izquierda, de modo que cuando se la mira de frente se tiene la ilusión de verla al mismo tiempo de cara y de perfil, como en uno de esos complejos retratos de Picasso. Este defecto, lejos de hacerla parecer desproporcionada, tan sólo contribuía a que la expresión de su cara fuera más conmovedora. En reposo, cuando no se daba cuenta de que la espiaban —¡y menudo espía estaba yo hecho!—, mantenía la cabeza muy inclinada hacia abajo, los párpados caídos y la barbilla, con un suave hoyuelo, pegada al hombro. Entonces parecía una madonna de Duccio, melancólica, distante, olvidada de sí, perdida en el sombrío sueño de todo lo por venir, de todo lo que, para ella, no iba a venir.
Ahora la señorita Vavasour está tocando el piano. Schumann, Kinderszenen. Como para inspirarme.
Schumann (y Clara y Brahms), el compositor al que más queremos Carmelo y yo. Sus 13 Escenas de la Infancia son recuerdos que el adulto tiene de cuando fue niño. El más famoso es el nº7, Träumerei (Rêverie, Ensueño).