Tras leer vuestras críticas sobre el libro recordé -en unas de
mis investigaciones virtuales- algo que resumía la sensación final que tuve al
leer el libro. Revisando mis búsquedas, encontré la una pequeña reseña de la
Revista Clarín. En ella, Adrián
Sanmartín destaca la presencia de Modiano en sus novelas:
“Una constante en los personajes de Modiano es la soledad:
la soledad y la necesidad de afecto. Por eso todos nos resultan tan cercanos y
a todos deseamos abrazarlos. Al propio Modiano. La literatura y la vida se
entremezclan de una manera diferente a la que últimamente estamos
acostumbrados: el autor nos pide nuestra ayuda. Para él y para todos los suyos.”
Quizá tenga razón Jesús cuando afirma que la dificultad para
comprender a Modiano aumenta si el lector casi no ha vivido. Es mi caso.
Afortunadamente he perdido pocas cosas en mi vida, aunque las que he perdido me
han marcado. Por eso, la necesidad de afecto (¿de los personajes? ¿del propio
autor?) de la que habla el crítico de Clarín se me revela como una constante
agonía. El estilo melancólico, que no nostálgico, inunda sus páginas y cala en
el lector como el humo bohemio de Le Condé. Nunca pensé que Louki se
suicidaría, confiaba en que se aferrase a la vida. Ahora, tras leer comentarios
y hablar con otras personas del libro, me parece algo inevitable. ¿Cómo iba a
ser feliz Louki con Roland?
En cuanto, al estilo, me ha encantado. La claridad, la
concisión y el ese decir tanto con tan pocas palabras me gusta y mucho. Como
Modiano, mi “corta vida”, Jesús, me marca como lectora, y suelo tener más afinidad
con escritores (aunque también con personas) que dicen mucho y hablan/escriben poco
(vamos, igualitos a mí).
Os dejo la reseña, por
si queréis echarle un vistazo:
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