viernes, 10 de abril de 2015

Describir o casi describir, esa es la cuestión



(1)
He aprovechado estos días con sol y me he dado mi primer baño en el mar en 2015. Más que baño fue remojón, pero mientras me secaba al sol hilé una serie de pensamientos: buen tiempo, ya es primavera, el mar, El mar, Banville ¡el Blog! … y aquí estoy.
                Hoy tengo dos cosas importantes que hacer relacionadas con la llegada del ¿buen? tiempo (bendita holganza de las vacaciones) decidir si me quito la barba o no y escribir mi entrada en el blog.
                Leídas y releídas vuestras intervenciones, creo que el acuerdo es más que unánime y de seguir así vamos a estar de acuerdo incluso en no encontrar un punto de desacuerdo. Nos ha gustado este mar de Banville, nos han gustado sus tres tiempos narrativos, nos ha gustado su forma de rascar en nuestro fondo de vida, nos ha gustado lo que nos contó y nos gusta remover por todo lo que no nos contó. Lo cierto es que el ejemplar del libro que aún tengo en la mesilla no hace más que engordar al atiborrarse de todo lo que comentáis y tengo que volver a él y releer.  Esto de releer, en el caso de Banville, es metalectura, porque ya, como habéis señalado varias veces, la primera lectura conlleva numerosas relecturas. Todos nos hemos detenido para volver atrás y degustar con calma. Yo, a veces, hasta releí en voz alta. Ahora vuelvo sobre lo que ya había vuelto, pero llevado de vuestra mano; el paisaje es el mismo, lo percibido es más grande.
                Todo esto conforma una lectura-relectura- segunda relectura profundamente agradable o agradablemente profunda, no sabría distinguirlas. No me resisto a reiterar aquí mis agradecimientos por dejarme participar. Pero como la conformidad y la paz estéticas terminan siempre por aburrirnos (ya estoy provocando), voy a hacer de sembrador de cizaña divagando sobre un aspecto del estilo de Banville: su gusto por la descripción parcial, subjetiva y sin perfiles.
           Os imagino afilando los colmillos, saboreando ya mi yugular, pero no os precipitéis, aún no me he pronunciado a favor ni en contra. Aún necesito que os distraigáis un instante y que aflojéis la guardia lo suficiente para dejar ocasión a mi estocada. Imaginaos por un momento a Alberti increpando al traductor al grito de: ¡Sólo la mar! ¡Sólo la mar!, y la cara de Banville sin encontrarle ningún sentido a algo que para un irlandés (angloparlante en general) no lo tiene, pues no distingue de géneros al escribir sobre la vida y la muerte (¿por qué femeninas?) y el amor y el dolor (¿por qué masculinas?)
         Os habéis distraido. Ahora es el momento.
         El estilo descriptivo de Banville me parece el más apropiado a su estilo narrativo y en general el de mi gusto como lector. De hecho descripción y narración se funden en su prosa que nunca llega a narrar ni a describir completamente, pues no es tanto lo que cuenta (esto ya lo habéis dicho) como lo que nosotros nos contamos mientras lo leemos, ni tanto lo que describe como lo que nos imaginamos, haciendo posible que este mar sea en cada uno su propio mar. ¿Tenemos una imagen fiable de los personajes o cada uno de los lectores los hemos construido a partir de nuestras propias experiencias ajustándonos a las pocas coordenadas que nos impone Banville? Fijaos, una y otra vez se limita a: color de pelo, delgadez u obesidad, si acaso un comentario sobre la mirada, un gesto inconsciente, altura, laxitud o actividad, modo de sentarse... y poco más; mezcándolo siempre con actitudes, intenciones, apariencias, juicios y, para dejarlo más abierto, el narrador insiste en dudar sobr elos propios recuerdos, una y otra vez.
         Yo también dejo la reflexión abierta, sin concretar, aunque si lo primero que me vais a decir es que el viejo militar está detalladamente descrito como personaje del último presente, no sujeto a la visión deformada de la infancia (lo cual es coherente) deteneos y recordad la reflexión sobre la imposibilidad de que un católico de Belfast hiciese carrera en el ejército. Finalmente es el personaje más delimitado y a la vez más impugnado en su condición por el propio autor.
     ¿Ningún defensor del realismo descriptivo va a recoger este guante? ¿Es cierto lo que digo o solo pongo el foco en lo que me interesa? ¿Le acabaremos echando la culpa al traductor?

2 comentarios:

  1. Soy incapaz de no recoger el guante, aunque haya pasado una semana y ya estemos imbuidos en la vorágine del curso. Comparto cien por cien tu definición del estilo descriptivo de Banville, una de las claves, según hemos comentado también, de su calidad.
    La verdad es que no me había fijado excesivamente en el coronel. Me había reído con las descripciones del narrador-protagonista (“Consigue ocultar su acento de Belfast, aunque a veces se le escapa, como una ventosidad retenida”) pero no le di más valor que el de la comparsa que ayuda a “pintar” el paisaje de una historia.
    Jesús me ha invitado a observarle desde otro punto de vista ( y me ha recordado la sorpresa que me producía releer los cómics de mi infancia y descubrir pequeñas escenas agazapadas en las esquinas de las viñetas ¿Os acordáis de Mortadelo y Filemón?)
    Como el protagonista, el coronel parece un personaje que se esconde, no sabemos de qué (“…aunque tengo la impresión de que esos malos recuerdos que le acechan no proceden de las lejanas colonias sino de algún lugar más cercano a su lugar natal”) Su rutina atrae la mirada del protagonista, una mirada un poco burlona e irónica que cambia a tierna en la visita “fallida” de su familia (“Qué pesados sonaron sus pasos en la escalera, con qué suavidad cerró la puerta del dormitorio”) y es su regalo, la pluma estilográfica, el medio utilizado para escribir la obra. El coronel no le dejó meterse al mar sino que le abrió la puerta para empezar a superar el duelo. Ahora podrá dedicarse a cortejar de nuevo a Rose (je je)
    ¿Qué papel creéis que cumple este personaje? ¿Alguna relación con el padre del protagonista o con la imagen que de sí mismo cree proyectar en su realidad? ¿O es el contrapunto irónico a sus recuerdos emocionados de infancia?
    ¡Va por ti, Jesús!

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  2. Voy. Del coronel, yo me había fijado en su soledad.No había pensado en la figura del padre y me gusta esa posibilidad de que el prota se vea a sí mismo en él.Creo que lo que más me atrae es su función de contrapunto irónico o, incluso, cómico. Sí, creo que ahí tiene su sitio.

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