viernes, 27 de junio de 2014

Llega el día treinta

Y el día treinta era la nueva fecha para terminar con Saramago. Pues ya solo me quedan ciento setenta páginas, así que ya veis que me voy acercando. Esta tarde, mientras leía, me iba acordando de Los ejercicios de estilo de Raymond Queneau ¿Por qué? porque muchas páginas me parecen un puro ejercicio de escritura, llenas de reiteraciones y con cierta ironía; la trama sigue sin engancharme, pero la lectura se me hizo menos pesada, así que espero que siga así para poder terminarlo el domingo y comentarlo desde el claustro, como habíamos dicho en algún comentario.
Entre medias he leído otras cosas, en otro rato os las cuento.

7 comentarios:

  1. Pues estará bien verte comentar el libro desde el claustro, Severina,ya me fijaré y os lo cuento a los demás (je je)
    Al leer tu comentario, se me ha venido a la cabeza un fragmento del libro de Saramago y una pregunta (¡qué será de la vida sin preguntas?) ¿Qué diferencia hay entre un ejercicio de escritura y un rasgo de estilo? ¿Cumplen la misma función en la obra? ¿Deben ser evitados? Sí, son tres preguntas en vez de una, pero es que van unidas...
    ¿Qué pensáis? Es un tema que me interesa mucho, y no sólo por Saramago.
    Este es el fragmento:
    "Es posible que sólo una educación esmerada, de esas que ya son raras, a la vez, quizá, que el respeto más o menos supersticioso que en las almas timoratas suele infundir la palabra escrita, haya llevado a los lectores, aunque motivos no les falten para manifestar explícitas señales de mal contenida impaciencia, a no interrumpir lo que tan profusamente venimos relatando y querer que se les diga qué estuvo haciendo la muerte desde la noche fatal en que anunció su regreso"

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    1. A mí me parece que los rasgos de estilo definen a un escritor y nos definen a cualquiera de nosotros cuando hablamos o escribimos, forman parte de lo que somos; no creo que haya que renunciar a ellos, tal vez, solo, domesticarlos un poco si llega el caso.
      Lo que voy observando en esa muerte intermitente son, más que rasgos del estilo propio de Saramago, que también, una especie de "hacer dedos", de escalas al piano, de virtuosismo. Hay páginas que añaden fina ironía seguida de sarcasmo muy bien hiladas y otras de simple do re mi fa, no sé expresarlo mejor, ya me perdonaréis.
      El caso es que necesito seguir leyendo porque ahora quiero saber en qué acaba...

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    2. Y creo que el fragmento que citas, María, muy bien traído, no es el único en el que el escritor nos hace partícipes de sus inquietudes tanto sobre la escritura como la educación.

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  2. No voy a repetir vuestras opiniones, porque coinciden con las mías. Cuando alguien domina una técnica y se regodea en ella, el valor del contenido decae. Yo los llamo "manieristas", no sé si con rigor. Así (hay mil ejemplos) Javier Marías en España en los últimos 15 años. Casos en mi opinión opuestos, puesto que su "alto" estilo está al mismo nivel que su contenido: Ferlosio; Bernhard; Gracq.
    Este Saramago cae en este defecto, se luce innecesariamente, pierde emoción, a veces parece un funcionario y otras un adolescente dotado (para la escritura, quiero decir). Lo suyo habría funcionado muy bien como un cuento largo (o más intermitente).

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    1. Hola a todos:
      Me temo que las intermitencias de Saramago están matando a este grupo. Je je. Ya lo siento. Por ello considero que lo mejor es cambiar de lectura y que otra persona plantee una lectura que podamos compartir. Ánimo y que haya mejor suerte.
      Sin embargo no me resisto a compartir mi admiración por Saramago en general y por esta obra en particular.Como es un poco largo os lo envío de dos veces. Uno de los aspectos que más me interesan de él es precisamente el objeto de la pregunta que os hice: el estilo.
      Desde la obra que me lo dio a conocer, "El evangelio según Jesucristo", me ha seducido su ausencia de signos de puntuación. Párrafos amplios con diálogos no separados con guiones, sin puntos… reflejan de una manera perfecta el lento correr del tiempo, sin pausas. Tú, lector, le pones el ritmo, porque lo tiene y, si lo lees en voz alta, adquiere toda su profundidad.
      En esta misma obra, Saramago reflexiona también sobre este aspecto de su estilo. Me encanta especialmente la carta que la muerte (así con minúsculas) escribe a la redacción de un periódico, indignada porque habían añadido signos de puntuación y mayúsculas a la carta que ella había enviado para ser publicada.
      “(…) que es esto, señor director, porque las palabras, si no lo sabe, se mueven mucho, cambian de un día a otro, son inestables como sombras, sombras ellas mismas, que tanto están como dejan de estar, pompas de jabón, caracolas que apenas dejan oír la respiración, troncos cortados (…)”
      El otro aspecto del estilo que, reconozco, le ha proporcionado muchos “enemigos” a Saramago es la acumulación de “frentes” que mantiene abiertos en sus novelas. Parece que no quiere soltar ningún eslabón del engranaje que plantea al comienzo de sus obras y los simultanea, incluso hace referencia a otras posibles historias que no va a contar, como ocurre con los soldados que rodean las fronteras del país en el que nadie moría y que tiene orden de disparar a quienes las traspasasen.
      “(…) El hecho que acabamos de contar es del todo irrelevante para el discurso de la trabajosa historia que venimos narrando y de él no volveremos a hablar, pero, aún así, no quisimos dejarlo a la oscuridad del tintero. (…)”
      Es cierto que ese rasgo puede oscurecer el hilo narrativo, o incluso dar la sensación de que no existe, como puede pasar en esta obra ¿Quién es el protagonista, cuál es el argumento, es verosímil si se insiste constantemente en su carácter ficticio? Esto ocurre cuando la muerte envía cartas de color violeta a las personas que van a morir, una semana antes de que ocurra, y una de esas cartas le es devuelta.
      “(…) Reconocemos humildemente que han faltado explicaciones, éstas y con certeza muchas más, confesamos que no estamos en condiciones de darlas a gusto de quien las requiere, salvo si, abusando de la credibilidad del lector, y saltando sobre el respeto que se debe a la lógica de los sucesos, uniésemos nuevas irrealidades a la congénita irrealidad de la fábula, comprendemos sin costo que tales faltas perjudican seriamente su credibilidad, (…)”

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    2. A pesar de esa posible “oscuridad”, he de reconocer que a mí me entusiasma su planteamiento narrativo. A partir de una situación aparentemente “absurda” (punto de partida para un valor metafórico, para algunos críticos), en este caso un país en el que de repente no muere nadie, la historia se va apoyando en las consecuencias “lógicas”: reacción de los órganos de poder, la prensa, funerarias, hospitales, residencias la iglesia…, actuación de los familiares, decisión de la muerte, consecuencias de esa decisión, carta que es devuelta, búsqueda del individuo al que iba dirigida… Todo ello aderezado por una ironía que garantiza más de una carcajada.
      “(..) La solución sería mandarla otra vez, le dijo la muerte a la guadaña que tenía al lado, apoyada en la pared blanca. No se espera que una guadaña responda, y ésta no rehuyó la norma. (…)”
      Finalmente, para no cansaros más aún, me gustaría destacar un aspecto del contenido de este libro que lo hace singular en el resto de la producción de Saramago. Tradicionalmente se le ha tachado de pesimista, él mismo se autodefinía así. Sin embargo, en esta obra, un Saramago anciano reflexiona sobre una realidad a la que no le debe nada. Su habitual "¿Qué pasaría si..."? de obras anteriores se centra ahora en un aspecto inherente al ser humano: la muerte. Y su respuesta, contrariamente a sus otras obras, no es el pesimismo absoluto con respecto al comportamiento humano. Necesitamos sentimientos, hasta la muerte "necesita" sentimientos, pero nos falta el lenguaje para mostrarlos. El lenguaje es la música y ese preludio de Bach (precisamente Bach) lo refleja, desde mi punto de vista, con bastante claridad.
      “(…) Por primera vez en su vida la muerte supo lo que es tener un perro en el regazo. (…)”
      Por otra parte, la representación humana de la muerte es habitual en la tradición literaria. Desde cancioncillas medievales o romances, como la del enamorado y la muerte, pasando por las danzas de la muerte y los autos sacramentales de Calderón, hasta Alejandro Casona y La dama del Alba. La peregrina de Casona tiene ciertos aspectos comunes con la protagonista de Saramago, aunque le falta la seducción por medio del arte que el violonchelista introduce en ese mundo racionalmente reglado con avisos previos. Sería curioso comparar ambos personajes.
      Y, como no lo vais a leer, os regalo el final del libro, hermoso colofón de este testamento que habéis tenido la paciencia de soportar. Muchas gracias.
      “(…) La muerte volvió a la cama, se abrazó al hombre, y, sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que el sueño le bajaba suavemente los párpados. Al día siguiente no murió nadie.”

      Muchos besos y espero la siguiente propuesta.
      María

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    3. Tranquilos, ya no doy más la lata. Sólo un detalle más, a propósito de la reflexión de Jesús sobre la pieza seleccionada. Difícil de escuchar, como decía Jesús, pero profunda y contradictoria (“mitad rosa, mitad crisantemo” como el olor de la representación humana de la muerte)

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